miércoles, 2 de abril de 2014

Esos días...

La vida de una persona está repleta de días. El día es una medida de tiempo que el hombre usa desde la antigüedad. El día comprende las horas de sol y las horas de oscuridad. El día nace, crece, y muere con la puesta del sol. Un día tiene veinticuatro horas. El día de hoy, el día de ayer, el día de mañana, aquellos días, nuestros días, pocos días, el día del Juicio Final. Muchos días. 
Para la gente los días pueden ser muy diferentes: días buenos o malos, días grises, torcidos, días tristes o alegres, días festivos o laborables, días nublados o soleados, el Día de la Madre, del Padre, el Día de la Lotería. Todos los días. Y es que todos los días forman parte de la vida de un ser humano. Todos. Todos los días se viven, todos los días son nuevos días, todos ellos son nuevos, no hay copias, siempre son diferentes. Días.

Las personas usan los días para medir el paso del tiempo; para medir la vida. Los días pasan. El tiempo pasa. Todos los días transcurren a la misma velocidad. A la velocidad de la realidad, a la velocidad de la vida. Pero, aún así a veces parece que los días discurran a distintas velocidades ¿o nunca les a ocurrido que unos días se terminan muy rápidamente y otros en cambio parecen no terminar nunca? Evidentemente, como ustedes y yo sabemos, esto no es real, es nuestra simple concepción del tiempo. La cuestión reside en el hecho de que nosotros, todos, vivimos en el futuro ¿o no se han dado cuenta que vivimos pensando en lo que vamos a hacer? Si el presente es aburrido o no complaciente con nuestra voluntad, nos empeñamos en que el tiempo transcurra rápido, y esto nos repercute y provoca que nuestra concepción del tiempo sea mucho más lenta que la real. Esto ocurre debido a nuestro empecinamiento en la llegada del futuro.  No nos conformamos con el 'aquí y ahora', quizás porque el ser humano es demasiado egoísta, el presente lo tienes entre tus manos, y buscas algo nuevo que no posees.

Aquellos que viven en el más allá del presenté son como aquel pescador que, con un prismático miraba al horizonte en busca de nuevas tierras y, mientras avanzaba sólo fijándose en aquellas zonas lejanas, cientos de islas transcurrían por sus laterales sin que el pobre pescador se diera cuenta. Así pues, el pescador somos todos y cada uno de nosotros, las islas todo aquello que sucede a nuestro alrededor en el 'aquí y ahora' y que nos estamos perdiendo mientras intentamos encontrar algo más allá. ¿El prismático? La herramienta errónea que nos lleva a querer siempre más, a acumular experiencias sin casi analizarlas. El prismático sería el fiel reflejo de la avaricia o el egoísmo. En definitiva, la necesidad de obtener cada vez más y más sin apreciarlo siquiera.

En este punto me gustaría detenerme un poco más. El valor de un producto se fija mediante la interacción entre la oferta y la demanda. Pero ¿cuál es el valor que adquiere una experiencia? ¿Cuál es el valor de un suspiro o de una mirada? ¿Cuál es el valor de un abrazo? ¿Y el de una sonrisa? Esta claro que ninguna divisa o ningún patrón se puede aplicar a una sensación. ¿Acaso por esto debemos minusvalorar cualquiera de estos hechos? En mi más sincera opinión, cualquiera de estas muestras adquiere un magnífico valor, incalculable quizá. Cabe añadir, además, que el valor de un instante, un momento, incluso de un día es muy relativo a la concepción personal de ese instante, momento, incluso de ese día. Esto es, la misma fracción de segundo puede tener efectos muy diferentes en dos personas. Esto significa que una sonrisa de un niño, para su madre tendrá un valor desmesurado, mientras que la misma sonrisa del mismo joven, para el dependiente de una tienda puede no tener valor alguno. Esto diferenciaría los momentos y sensaciones de los productos, el valor de los primeros es realmente subjetivo, mientras que el valor de los segundos es el mismo para todos.  Pero, desde mi más humilde punto de vista, cualquier ser humano, al llegar a su lecho de muerte lo que más valora son todos los momentos vividos, todas las sonrisas, los abrazos, las carcajadas, las lágrimas, las miradas, todos esos instantes que quedan grabados en el cerebro para siempre.

La muerte sirve, si no para otra cosa, para valorar la vida. Para valorar todos esos momentos que ya he comentado. Y de esto uno verdaderamente se da cuenta en dos momentos de su vida: al presenciar — en directo o no— la muerte de un ser querido, y durante los instantes anteriores a las propia muerte. Desde mi propia experiencia, en esos dos momentos descubres que vivir no es pasar los días, las hojas de un calendario. Te das cuenta que vivir es comprender que cada hoja de ese calendario, cada día, es único e irrepetible, que cada instante es uno, y adquiere un gran valor por el simple hecho de durar eso, tan sólo un instante. Es irónico, incluso posee un cierto grado de contradicción el hecho de darte cuenta de la esencia de la vida cuando falta poco para que te la arrebaten ¿no creen?  

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